Little Children
Un drama afilado, brillante y profundamente humano sobre la hipocresía social, el deseo de escapar y el hambre por una alternativa.
El hambre por una alternativa.
Si algo me gusta y me apasiona del cine es su capacidad para arreglarme un mal
día, para hacerme llorar incluso cuando lo necesito pero no soy capaz, para
ponerme todos los sentidos a flor de piel y, sobre todo, para sorprenderme. Esto
último engloba todo lo demás, y creo que uno de los mejores halagos que se le
puede hacer a una película es ser capaz de sorprenderte. Little Children lo
consigue de principio a fin.
Estamos ante una película que, a simple vista, parece pequeña. No hizo demasiado
ruido en su momento o al menos eso creo y en lo técnico podría dar la impresión
de ser una producción modesta. Pero basta detenerse unos minutos para comprobar
que es justo lo contrario. Todd Field firma una dirección impecable, llena de
decisiones sutiles pero muy acertadas. Tiene momentos de puesta en escena
realmente brillantes, donde cada encuadre y cada desenfoque parece tener un
significado y una intención.
La historia se desarrolla en un pequeño pueblo en apariencia tranquilo, donde
varias vidas se entrecruzan, pero no de la manera convencional que podríamos
esperar. Aquí no se trata de que todos los caminos confluyan en un gran suceso
común, sino de cómo cada elección íntima levanta capas de hipocresía, miedo,
dolor...
El peso de la trama recae sobre dos personajes: Sara, interpretada por la
extraordinaria Kate Winslet, y Brad, encarnado por Patrick Wilson, una sorpresa
absoluta para mí. No lo tenía especialmente en el radar más allá de títulos como
Expediente Warren,
Watchmen
o
Aquaman, pero aquí construye un personaje muy trabajado que funciona de
maravilla y tiene una química espléndida con Winslet. La forma en que se retrata
su conexión está llena de matices.
A través de ellos, la película compone un retrato coral en el que todas las
historias están conectadas con inteligencia. No solo por la trama, sino porque
comparten un mismo tema: la hipocresía social, la represión y la necesidad de
escapar de una vida que no te llena. Detrás de las fachadas perfectas y las
sonrisas amables, Little Children muestra un entorno podrido por la envidia, la
insatisfacción y el miedo a ser diferente y salirte del molde. Todo el mundo
opina, todos juzgan, pero pocos se atreven a mirar hacia dentro o hacia delante.
Esto se refleja con especial fuerza en Ronnie (Jackie Earle Haley),
probablemente el personaje más trágico y complejo del relato. Desde el principio
se nos presenta su conflicto, el es un hombre con un grave problema psicológico,
marcado por un pasado del que no puede escapar. Es el paria del vecindario, el
blanco de miradas, acoso, agresiones y burlas. Lo fascinante es que la película
también nos muestra su humanidad y su lado vulnerable, mientras expone cómo la
comunidad es incapaz de ayudar. Se le juzga, se le ataca y se le persigue sin
pararse a pensar en el problema real que puede tener.
Todo esto se refleja en una secuencia que me parece una de las más potentes que
he visto en mucho tiempo, por su fuerza visual y por su significado, donde la
multitud levanta una especie de cárcel pública a plena luz del día. Bajo todas
las miradas, se ejecuta un juicio colectivo. Es durísimo ver cómo quienes se
consideran “los buenos”, sin un pasado delictivo ni errores “imperdonables”,
pueden ser los primeros en destruir por completo la vida de alguien.
En lo técnico destaco en un par de momentos el uso del desenfoque, ya que es
ingenioso y sirve para mostrar la confusión, lo que no se quiere ver, la ceguera
emocional y el shock ante la realidad.
Otro elemento fundamental de la película es la figura del narrador, que aporta
un tono muy literario, como si estuviéramos leyendo una novela. Su voz es la de
alguien que observa, describe y comenta con aparente objetividad. Es un testigo
más del vecindario, otro personaje que señala, y opina, pero nunca interviene ni
ayuda. Ese tono distante refuerza la sensación de que estamos ante una comunidad
que mira y comenta, pero que nunca hace nada por cambiar las cosas.
El concepto de ese “hambre por una alternativa” se vuelve literal y atraviesa
especialmente a Sara. La película dialoga directamente con y sobre la obra
literaria Madame Bovary, y hay una escena donde por fin todo se expone con
claridad, de manera directa. Sarah se siente reflejada en la protagonista del
libro y suelta en un discurso su enfoque sobre la obra y que, para mí, define
toda la película:
Creo que entiendo vuestros sentimientos sobre este libro. Yo solía pensar
igual. Cuando lo leí en la universidad, Madame Bovary me pareció una tonta.
Cometía un error absurdo tras otro. Pero esta vez, al leerlo, me enamoré de
ella. Está atrapada. Puede aceptar una vida de miseria o luchar contra ella. Y
elige luchar. Fracasa al final, sí. Pero hay algo hermoso, incluso heroico, en
su rebelión. Mis profesores me matarían por decir esto, pero, en su propia
manera, Bovary es una feminista."
...
"No es el engaño. Es el hambre.
El hambre por una alternativa. La negativa a aceptar una vida de infelicidad."
En este punto es donde todos los elementos técnicos, de dirección, guión e
interpretación se suman para dejar poso.
En la parte final, Todd Field lleva toda la trama a una conclusión amarga. Sara
y Brad planean huir juntos, escapar de todo, empezar de cero. Pero cuando llega
el momento, Brad no aparece. Se entretiene con su monopatín, atrapado en esa
búsqueda infantil de libertad. Sarah, mientras tanto, espera en la oscuridad,
comprendiendo que lo que buscaba no era amor, sino una vía de escape. Entiende
que el cambio real no está fuera, sino dentro.
Brad, por su parte, vive su propio despertar de manera casi literal con ese
accidente, un golpe físico y simbólico de realidad. Ese golpe lo devuelve, lo
confronta con lo que es, un hombre perdido que añora una juventud que ya no
existe.
Y luego está Ronnie. Su historia culmina de la manera más trágica, solo y
aislado, intentando castigarse a sí mismo en un acto desesperado de redención.
Es la víctima de una sociedad que solo sabe señalar.
El título, Little Children, encierra mucha ironía: adultos que siguen
comportándose como niños, buscando afecto, aprobación o una segunda oportunidad.
Aunque alguien decidió aquí en España traducir el título a "Juegos Secretos".
Salí del visionado completamente aturdido. No tanto por lo que cuenta, sino por
cómo lo hace. Durante un par de días no pude dejar de pensar en ella y en sus
personajes. Pocas películas consiguen eso. Pocas se te quedan tan dentro. Little
Children es una de ellas.