Sly 3: Honor Entre Ladrones
Una secuela muy completa, variada y con muchísimo encanto que amplía la banda y mantiene intacto el espíritu de la saga.
La familia de ladrones crece
Ya hablamos por aquí de lo mucho que significó para mí
Sly 2, y de cómo me
robó esta memorable banda el corazón siendo tan solo un niño. No creo estar
solo. Seguro que más de un niño, joven o adulto quedó prendado de aquella banda
de pequeños ladrones.
Era otra época. El mundo de los videojuegos era distinto, y yo también lo era.
Esperaba esta tercera entrega con muchas ganas, aunque sin exigir demasiado. En
aquel entonces, cualquier cosa protagonizada por Sly y compañía me iba a
convencer. La sorpresa fue que no solo me convenció, sino que Sly 3 terminó
siendo una secuela más que competente. En mi opinión, iguala o incluso supera a
la segunda parte, al menos en tamaño. Dependiendo del día que me preguntes, este
o el anterior son mis favoritos de la saga.
Esta vez el golpe definitivo tiene un objetivo muy especial, entrar en la
legendaria Cámara de Cooper. Una fortaleza llena de trampas, secretos y tesoros
acumulados durante generaciones por la familia del mapache protagonista. No
quiero entrar en detalles para no estropear la experiencia, pero el viaje para
llegar hasta allí es un desfile constante de situaciones emocionantes y momentos
memorables.
En cuanto a historia, el juego sorprende con momentos en los que se tocan temas
bastante profundos. Hay espacio para hablar del perdón, la superación, la
confianza, el trabajo en equipo y cómo el pasado influye en nuestras decisiones.
Todo encaja bien dentro del universo del juego, sin que parezca forzado ni fuera
de tono.
En la jugabilidad se mantiene la base que ya conocíamos. Podemos explorar
libremente distintos mapas ambientados en lugares muy distintos entre sí, como
Japón, una isla pirata o Venecia.
Sly, Bentley y Murray
siguen teniendo habilidades únicas, que además podemos mejorar recogiendo
monedas o robando objetos durante las misiones.
Pero hay algo que hace que esta entrega se sienta distinta. En vez de quedarse
en lo que ya sabían que funcionaba, decidieron ir más allá. El juego se atreve a
probar cosas nuevas y lanza constantemente ideas frescas. A veces pilotamos
aviones, otras veces controlamos un barco pirata, o resolvemos desafíos que no
habíamos visto en la saga. Ninguna de estas novedades es perfecta, pero todas
suman y hacen que la experiencia nunca se sienta repetitiva.
Otra gran diferencia y tal vez la más acertada es la incorporación de nuevos
personajes al grupo. Cada uno aporta algo distinto, tanto a nivel jugable como
emocional. Algunos son especialmente ingeniosos y cambian por completo la manera
en que se afrontan ciertas misiones. Y más allá de la jugabilidad, sus historias
tocan temas como la redención, el ecologismo, o la importancia de perdonar. Son
personajes que aportan algo real a la experiencia.
Uno de los detalles que más cariño me despierta es algo físico, algo que venía
en la propia caja del juego. Unas gafas anaglíficas de cartón, simulando el
antifaz de Sly, con un ojo azul y otro rojo. Servían para ver algunos niveles en
modo 3D. En su momento ya se veía que no era gran cosa, y a día de hoy mucho
menos. Pero la simple idea de incluir ese detalle, por pequeño que fuera,
demuestra que se hacían las cosas con mimo. Ahora en muchas ediciones ni
siquiera hay disco, solo un código en un cartón. Y cuando pienso en esas gafas,
me acuerdo de una época donde se hacían cosas con cariño, aunque no fueran
necesarias.
Y si hablamos del final, hay que decir que la llegada a la Cámara de Cooper es
un verdadero regalo. Visualmente es una maravilla, y jugablemente está llena de
plataformas bien pensadas que hacen que cada salto sea divertido. Pero lo mejor
no está solo ahí. Lo importante no es tanto ese último lugar, sino todo lo que
has vivido para llegar hasta él. Porque esa es la verdadera recompensa. Haber
acompañado una vez más a este grupo tan especial en cada misión, en cada
reclutamiento y sentirte parte de la banda.