Metal Gear Solid Delta Snake Eater
Un remake muy cuidado que moderniza la experiencia sin perder la esencia de uno de los juegos más especiales del género.
Debo reconocer que escribir esta opinión me ha dado cierto vértigo. Llevo poco
tiempo en esto y pensaba que el momento llegaría más tarde, ese miedo a la
crítica y a no poder complacer a todo el mundo con lo que tengo que decir. Tenía
dos alternativas, ser fiel a lo que pienso y he sentido al jugar y afrontar lo
que venga, o bien intentar contentar a todos. La segunda opción siempre se te
cruza por la cabeza, porque muchas veces leemos u oímos críticas para validar
nuestra propia experiencia, y no soy una excepción. Pero no puedo tomar ese
camino. Si este proyecto sigue creciendo poco a poco, con ilusión y constancia,
es porque lo hacemos desde la sinceridad. Solo así podemos volcar de verdad lo
que sentimos en nuestros textos.
Soy consciente de que no acertaré siempre, que algunos pensarán que hago de
menos al juego y otros que ensalzo demasiado al remake frente al original. Pero
lo importante es disfrutar de lo que más me gusta y contarlo de la manera más
honesta posible. Al final, se trata de pasarlo tan bien escribiendo como me lo
he pasado jugando.
Y con esto, allá voy. Este es el juego que recordaré siempre.
Me acercaba con cautela a Metal Gear Solid Delta: Snake Eater. En su día, el
original lo tuve que abandonar porque la cámara y la gestión de menús, con los
cambios de camuflaje y comida, no me convencieron. También reconozco que la
primera parte, la misión inicial (Virtuous Mission), se me hizo lenta. Kojima,
siendo Kojima, montando una historia que al principio parecía no diferenciarse
demasiado de otras películas o juegos de espías. Pero poco a poco, minuto a
minuto y secuencia tras secuencia, empieza a jugar contigo como un verdadero
espía, entrando en tu mente y en tu corazón mientras tú juegas con Snake.
Aclaro que hablo desde la perspectiva de alguien nuevo. Aunque probé el
original, en realidad este remake ha sido mi primera experiencia completa. Por
eso no puedo separar mi opinión en lo que hace solo como remake y lo que era ya
el juego. Para mí es un todo.
Como remake, es básicamente un 1:1 con mejoras de calidad de vida y un nuevo
apartado visual. Con Unreal Engine 5 el resultado es fantástico, pocas pegas se
le pueden poner. Si ya hubo escenas en el original capaces de emocionar, aquí
con el lavado de cara y las nuevas expresiones de los personajes se potencian
todavía más. En mi caso, me han roto en más de una ocasión, y por supuesto el
final ha sido uno de esos momentos. La paleta de colores también merece mención:
ahora es más viva y variada, aunque el juego te permite recuperar el tono
verdoso clásico si lo prefieres.
En cuanto al rendimiento, es verdad que en las secuencias más cargadas de
acción, con explosiones, enemigos y cambios rápidos de escenario, pueden
aparecer bajadas bruscas de frames. En mi experiencia fueron puntuales y no lo
consideraría injugable. Admito que pertenezco a ese grupo de personas que apenas
distingue entre 30 y 60 fps (sí, y según ChatGPT esto existe de verdad: hay
gente que no notamos bien la diferencia), así que puede que mi percepción no sea
la más crítica. De todos modos, lo normal es que se vaya corrigiendo con
parches. No es lo ideal, el juego debería salir pulido desde el primer día, pero
ya sabemos cómo funciona la industria hoy en día.
Otro cambio importante es la cámara. A mí me ha parecido un acierto: se hace
mucho más cómodo jugar con una cámara moderna, aunque en algunos combates de
jefes quizá facilite demasiado las cosas. El sistema original no estaba pensado
para este punto de vista, pero lo cierto es que se agradece. Además, puedes
ajustarla a tu gusto, así que todos salimos ganando.
Y es que esa es la clave: creo de verdad que esta es la mejor manera de jugar
hoy a Snake Eater, incluso mejor que el original. El sistema de botones y menús
ahora es más coherente. Sigue siendo algo rígido porque han querido mantener el
espíritu original, pero incluye accesos directos que hacen la experiencia mucho
más cómoda. Me gusta compararlo con el Templo del Agua en Ocarina of Time. En
Nintendo 64 era un suplicio entrar al menú cada vez para ponerse y quitarse las
botas, mientras que en el remake de 3DS un simple acceso rápido solucionó el
problema y transformó esa parte en algo disfrutable. Aquí pasa lo mismo,
pequeños ajustes que no traicionan pero que marcan la diferencia.
Lo que en su día me hizo abandonar, ahora me ha permitido terminarlo. Si a eso
sumamos las opciones de personalización de cámara y color, los secretos y easter
eggs intactos, el minijuego de pesadilla y tantos guiños que siguen ahí, tenemos
la versión más completa. Por eso pienso que no solo es la mejor forma de jugarlo
hoy, sino también la puerta de entrada perfecta para quienes no vivieron el
original, sean jugadores jóvenes o veteranos que se lo perdieron. Y aquí quiero
insistir: hacer remakes así de cuidados me parece un acierto enorme. Igual que
pasó con grandes remakes recientes de sagas muy conocidas, sirven para traer a
mucha gente nueva, para recuperar a quienes lo dejaron a medias y para que más
jugadores descubran títulos imprescindibles sin que se pierda lo que los hacía
especiales. Cuando el resultado es tan bueno, no solo conservas la obra, también
la haces crecer.
Hay muchas cosas que caracterizan a Kojima y aquí destacan especialmente dos: su
ambición y su gusto por el detalle. La cantidad de secretos y mecánicas
ingeniosas que incluye este juego es enorme. Cosas como explotar la despensa
enemiga para dejar sin comida a los soldados, que un buitre se coma un cadáver y
después poder cazarlo, o el mítico duelo contra The End, que cambia si guardas y
vuelves tras varios días, son solo ejemplos de hasta dónde llega su creatividad.
Y hay muchísimos más.
La historia es otro de sus puntos fuertes. Arranca como un relato de espías
clásico, con ecos de 007, pero acaba siendo algo mucho más completo. Los giros
están muy bien medidos y el tramo final combina acción muy intensa con una carga
emocional enorme. No quiero entrar en demasiados detalles porque es mejor
descubrirlos por uno mismo, pero los personajes brillan con luz propia. Snake
empieza cometiendo errores ingenuos, incluso ridículos, lo que aporta un humor
que contrasta con el tono final y hace que su evolución se note más. Eva juega
continuamente con tus dudas, Ocelot es la gran sorpresa por cómo crece y por su
relación con Snake, y The Boss es inolvidable, el corazón del juego y la clave
de todo.
Sobre los jefes, me parece importante recordar por qué se llaman como se llaman.
El grupo de los Cobras no está nombrado al azar: The Pain, The Fear, The End,
The Fury... resumen sensaciones y emociones que nacen en el campo de batalla.
Cada nombre no solo describe una habilidad o una puesta en escena, también
cuenta algo de cómo la guerra te rompe por dentro y de lo que Snake tiene que
afrontar.
Como buena historia de espías, nunca sabes de verdad en quién puedes confiar. El
juego juega contigo en ese terreno, haciéndote dudar de para quién trabajas y si
realmente estás en el bando correcto. Y a la vez transmite un mensaje
antibelicista muy potente: en la guerra no hay héroes ni villanos, todos los
bandos son igual de culpables y nadie sale limpio. Esta idea se refleja también
en la jugabilidad, ya que puedes pasarte el juego sin matar a nadie. Elegir un
enfoque pacifista, utilizando solo tranquilizantes, no solo es posible, también
trae consecuencias más adelante en la historia. Y lo mismo ocurre si decides no
hacerlo. Esa conexión entre mecánica y narrativa me parece brillante.
Todo esto hace que la experiencia sea única. Yo, que no suelo rejugar juegos, sé
que este caerá de nuevo tarde o temprano.
En definitiva, este remake ha supuesto un antes y un después para mí. No lo he
podido analizar con total imparcialidad porque ha sido mi primera experiencia
completa con Snake Eater, pero lo he vivido con emoción intacta, como si lo
descubriera en 2004. Entiendo que para muchos el original es intocable y que
haya opiniones enfrentadas, pero yo lo he disfrutado de principio a fin. He
terminado con un nudo en la garganta, la misma sensación que transmite la
canción de los créditos finales, y creo que eso lo dice todo.