The Mandalorian y Grogu
Una vuelta disfrutable de Star Wars a la gran pantalla, con una dupla que sigue funcionando de maravilla, pero también con la sensación de que podía haber sido algo mucho más ambicioso.
Una aventura disfrutable, pero demasiado conservadora
7 años han pasado desde la última experiencia vivida en cines dentro del universo Star Wars. La última propuesta fue concluir la trilogía de secuelas con El ascenso de Skywalker, y poco a poco hemos ido asumiendo lo que pasó con aquella trilogía y superando algún que otro bajón derivado de su visionado. Es de sobra sabido que no funcionaron demasiado bien entre el fandom general, por lo que Disney optó por expandir el universo lejos del linaje Skywalker y del conflicto político espacial de la Rebelión contra el Imperio.
Ese conflicto ha pasado a ser algo más contextual en los últimos proyectos que se han ido proponiendo durante estos años en formato serie, con múltiples propuestas de animación y series live action como Ahsoka, El libro de Boba Fett u Obi-Wan Kenobi, algunas funcionando mejor que otras tanto en su planteamiento como en su puesta en escena. Pero lo indiscutible es que, durante esta etapa, si algo ha conectado de verdad con el público ha sido The Mandalorian y, sobre todo, por la dupla formada por Din Djarin y el pequeño Grogu.
Una pareja muy bien equilibrada, encabezada por un mandaloriano interpretado por el querido Pedro Pascal, aunque sean pocas las veces en las que se le puede ver sin casco por motivos mitológicos dentro de la propia historia. Din Djarin se come la pantalla en cada secuencia de acción haciendo labores de cazarrecompensas, y contrasta a la perfección con un pequeño niño de la raza del mismísimo Yoda, una figura tierna, adorable, con mucho carisma y una verdadera máquina de vender merchan.
La serie, a lo largo de sus tres temporadas, funciona de maravilla y coloca a esta dupla en la mesa de los mayores en lo que a la marca Star Wars se refiere. Tras esas tres temporadas y un apabullante éxito, no era demasiado difícil sumar 1+1 para saber que el siguiente paso natural era darles un espacio en la gran pantalla. La oportunidad de brillar durante más de dos horas en una sala de cine y de volver a ilusionar a la gente con Star Wars.
El problema está en que, como digo, era evidente que tocaba dar este paso. Era el movimiento más coherente, incluso en lo económico. Hacer una película con los personajes más queridos de Star Wars en este momento era una apuesta ganadora. Y tanto ha sido así que parece que han visto el partido ganado antes de salir al campo. No han arriesgado, y la película se siente en todo momento como una cuarta temporada trasladada al cine.
De hecho, incluso si se dividiera en 6 o 7 episodios para darle formato serie, seguiría funcionando como un tiro, SÍ. Pero también se sentiría como una temporada de relleno. Y es que no propone nada realmente nuevo, no se atreve a explorar más la relación entre sus protagonistas, sus motivaciones o a definir qué será de ellos en el futuro. Se siente durante toda la aventura como un momento de pausa en la partida, donde hay que realizar misiones secundarias que no hacen avanzar demasiado el hilo argumental.
Esto no implica en absoluto que la película no sea por momentos impresionante. De hecho, en lo técnico hay que aplaudir el trabajo realizado. Nos sentamos a deleitarnos durante algo más de dos horas con efectos visuales muy cuidados, decorados de ubicaciones claves del universo, secuencias de acción muy bien coreografiadas que llenan el contador de bajas de Din Djarin y una música espectacular.
En lo argumental poco más puedo añadir. Se trata de un trabajo más como cazarrecompensas, donde veremos cómo funcionan ambos personajes como equipo y con alguna casualidad de más en el guion que soluciona una problemática justo en el momento concreto. La película mantiene esa estructura de aventura episódica tan propia de The Mandalorian, ese western espacial donde hay una misión, un encargo, un viaje y una amenaza que superar. Y eso funciona, porque siempre ha funcionado con estos personajes. Pero también deja la sensación de que podía haber mucho más debajo.
Y esto me pesa especialmente porque hay momentos donde la película roza algo mucho más potente. Hay una secuencia en concreto, a través de una simple mirada de Din Djarin, donde se puede intuir ese pensamiento de que tal vez esta vida, su vida, no sea lo mejor para Grogu. Esa idea de un adulto que quiere proteger a alguien, pero que al mismo tiempo se plantea si el camino que le está ofreciendo es realmente el adecuado. Ahí la película toca algo muy interesante, casi con ecos a la relación entre Joel y Ellie en The Last of Us, salvando las distancias. Esa figura del protector marcado por su mundo, por sus códigos y por su forma de sobrevivir, que acaba encontrando en alguien más joven una razón para seguir adelante, pero también una responsabilidad enorme.
El problema es que esa idea aparece, asoma la cabeza, pero no se explora mucho más allá. Y es una pena, porque la relación entre Mando y Grogu tiene potencial de sobra para ir a lugares más complejos. Sus formas de ver la vida son completamente distintas por edad, por personalidad y por lo que representa cada uno dentro de este universo. Grogu no deja de ser una criatura con un futuro inmenso por delante, mientras que Din Djarin es alguien anclado a una forma de vida muy concreta, peligrosa y solitaria. Ahí había un conflicto emocional precioso, pero la película prefiere quedarse en la aventura ligera antes que profundizar demasiado en ello.
Permitidme detenerme en el apartado sonoro. A cargo está nada más y nada menos que Ludwig Göransson, y la verdad es que podría pasarme horas elogiando su trabajo. Para mí es mi compositor favorito solo por detrás del inigualable Hans Zimmer. Hemos escuchado tremendos trabajos suyos como Oppenheimer, Tenet o la icónica Black Panther, entre otras, y lo que hizo en su momento para la serie no se queda atrás.
Göransson consigue envolver este entorno con un aura de western espacial a través de sus acordes, algo que a día de hoy ya es completamente icónico. Y sí, cuando ha sonado en la sala de cine el tema principal no he podido evitar emocionarme mientras se me ponía la piel de gallina. Digo que el mayor pecado de la película es no proponer, avanzar o innovar, y en este caso la música es casi lo único que se sale del molde. Se atreve, tiene personalidad y acompaña a la película con una identidad sonora que le viene como anillo al dedo. No quiero mencionar mucho más porque merece la pena que la escuchéis vosotros, y a ser posible en la sala más grande posible.
No malinterpretéis lo que pretendo decir. La película es una gran película de entretenimiento y un buen producto, pero tal vez es cuestión de expectativas que salgo algo receloso de ella. Si buscáis pasar un buen rato, ver escenas muy engorilantes y disfrutar de una conexión y un magnetismo enorme con sus protagonistas, id corriendo. Pero si, como yo, esperabais encontrar en esta cinta un desenlace, atisbar de alguna manera qué va a ser de los personajes o ver avanzar la relación entre ellos, puede que os llevéis una pequeña desilusión.
Por un lado, ahora me queda claro tras el visionado que aún queda mucho universo por explorar, muchas historias remotas que contar y, entre ellas, las de esta dupla, cosa que me alegra enormemente. Pero por otro lado soy incapaz de quitarme de encima el pensamiento de que esto tenía el potencial de ser algo mucho mayor, más ambicioso y más recordable. Algo justo a la altura de lo que estos personajes juntos merecen y pueden dar.
Y más teniendo como capitán del proyecto a Jon Favreau, un señor que no me cansaré nunca de decir y defender que, junto a Dave Filoni, se trata de uno de los cineastas que mejor comprende lo que significa e implica este universo. Por eso quizá duele un poco más. Porque la película funciona, entretiene y tiene momentos muy disfrutables, pero también deja la sensación de que podía haber sido una vuelta a lo grande de Star Wars al cine y se ha quedado en una aventura correcta, muy bien vestida, muy bien acompañada musicalmente, pero algo conservadora.