Sin Oxígeno
Un thriller sobrio, humano y muy efectivo, donde el enemigo no es una criatura imposible, sino el propio océano, el tiempo y la fragilidad de la vida.
Bajo el mar no hay margen
Ya he hablado anteriormente de mi fascinación por lo que esconde el fondo
marino, ese espacio inexplorado, emocionante y, sobre todo, imponente. Lo hice
en su día con Underwater y hoy le toca el turno a Sin oxígeno, una propuesta
mucho más realista y menos fantasiosa. Aquí no hay criaturas imposibles ni
elementos sobrenaturales: el enemigo es el propio océano, con su fuerza
imparable, su oscuridad, su frío y, ante todo, el tiempo.
Desconocía por completo esta historia, pero desde los primeros minutos la
película deja claro que todo lo que ocurre está basado en hechos reales, algo
que automáticamente eleva el interés y la tensión de lo que estamos a punto de
presenciar.
Chris Lemons, interpretado por Finn Cole, es el buzo al que le ocurre la
desgracia que aquí se relata. Encargado de uno de los trabajos más peligrosos
del mundo, reparar conductos de gas bajo el agua a más de noventa metros de
profundidad, sufre un accidente provocado por la inestabilidad y la bravura del
mar. Esto le obliga a recurrir a un tanque de oxígeno de emergencia con apenas
diez minutos de autonomía. A partir de ahí comienza una auténtica carrera
contrarreloj en la que toda la tripulación del barco deberá sacar lo mejor de sí
misma, tanto a nivel profesional como humano, para intentar llegar a tiempo y
rescatarle.
Sistemas del barco que no responden en mitad de una tormenta, oleajes extremos y
una sucesión de complicaciones que, en otra película, podrían parecer simples
recursos de guion para aumentar la tensión. Aquí, sin embargo, el efecto se
multiplica precisamente porque todo ocurrió de verdad.
Es admirable de principio a fin la labor que desempeñan estos profesionales, más
allá de la propia gesta del rescate. Uno de los grandes aciertos de la película
es cómo te sumerge, y nunca mejor dicho, en la vida cotidiana de estos buzos.
Sin entrar en demasiados tecnicismos, te muestra cómo es una jornada de trabajo,
qué protocolos siguen y hasta qué punto dependen unos de otros. Además, en
algunos momentos se incluyen imágenes reales de la inmersión de aquel fatídico
día, un detalle que añade todavía más peso a lo que se cuenta.
La película dura apenas hora y media y va muy al grano. Otro de sus grandes
aciertos es el uso de contadores en pantalla que indican el tiempo de oxígeno
restante o los minutos que el protagonista lleva perdido en la profundidad del
océano. Estos tiempos están bastante bien sincronizados con el desarrollo de las
escenas, lo que refuerza esa sensación angustiosa donde cada minuto se convierte en una eternidad.
Una de las primeras cosas que te enseñan cuando te adentras en el mundo de las
inmersiones es que nunca debes hacerlo solo, y aquí no es una excepción. Tanto
Chris en la vida real como Finn Cole en la película están muy bien acompañados.
El trío protagonista se completa con Woody Harrelson, que ofrece un papel muy
reconocible dentro de su registro habitual y, en lo personal, sin ninguna pega,
y un sorprendente Simu Liu. A este último muchos lo conocimos por Shang-Chi, y tenía
curiosidad por verle en un registro diferente. Sinceramente, terminé la película
con ganas de seguirle más de cerca, porque aquí demuestra que puede aportar
mucho más allá del cine de superhéroes. La relación entre los tres está bien
construida, con química real y contrastes claros de personalidad que funcionan
muy bien en pantalla.
A nivel técnico, la película cumple con creces, aunque en algunos momentos se
nota que no estamos ante una superproducción. Aun así, sabe jugar bien sus
cartas. La música acompaña sin imponerse en ningún momento, dejando que sea la
situación y el silencio del fondo marino los que transmitan la mayor parte de la
tensión.
Sin oxígeno no busca sorprender con giros imposibles ni artificios innecesarios.
Su mayor virtud es precisamente su sobriedad y el respeto con el que trata una
historia real que, por sí sola, ya resulta aterradora e impresionante. Es un
thriller tenso, humano y muy efectivo, que te mantiene en vilo sabiendo desde el
principio que cada segundo cuenta. Una película que se disfruta, se sufre y,
sobre todo, se recuerda, porque te deja con la sensación de haber sido testigo
de algo tan extremo como real.