Jurassic World: Rebirth
Una entrega que cumple en espectáculo visual, pero que vuelve a confirmar que la saga hace tiempo que perdió gran parte de su alma.
La saga de Jurassic Park marcó a toda una generación. La magia de ver a los
dinosaurios cobrar vida en pantalla por primera vez convirtió a la película
original en un clásico intocable. Desde entonces, las secuelas han ido a más en
espectáculo, pero a menos en alma. Y, con
Jurassic World: Rebirth, esa sensación se hace más evidente que nunca.
La historia nos lleva de nuevo a una isla donde nuestro grupo de protagonistas
parece sacado de cualquier película genérica de aventuras. No hay sorpresa, no
hay riesgo. Ni siquiera hay un intento real de recuperar la esencia más allá de
algún guiño visual o algún acorde nostálgico. Y por desgracia, tampoco hay
intención de hacer algo nuevo. Ese es el problema: se queda en lo genérico.
Los personajes son, con diferencia, lo peor de la película. No es solo que estén
construidos a base de clichés, sino que ni siquiera resultan interesantes.
Tenemos al tipo duro que todo lo resuelve a tiros, el joven adolescente que es
el alivio cómico, al villano codicioso, y un puñado más igual de planos, sin
evolución ni profundidad. En cierto momento, la película intenta contarnos algo
sobre el pasado de los protagonistas, pero apenas despierta interés. No generan
empatía, y muchas de sus decisiones en ocasiones rozan el sinsentido. Entiendo
que la intención es aportar emoción y aventura dentro de un tono familiar, pero
en demasiadas ocasiones eso deriva en situaciones directamente absurdas. De
hecho, incluso sin la amenaza de los dinosaurios, los propios personajes serían
capaces de ponerse en peligro igualmente.
El guion, por su parte, va en sintonía con los personajes, de eso no hay duda,
porque es otra concatenación de casualidades convenientes y momentos genéricos.
Cuando surge un problema o una necesidad, la herramienta o solución está siempre
al alcance de la mano de nuestros protagonistas sin mayor explicación que la
casualidad.
En una escena concreta, varios dinosaurios enormes, tal vez los más grandes
vistos hasta la fecha, aparecen de la nada en una explanada totalmente
despejada, donde tan solo hay hierba que cubre a los protagonistas hasta la
altura del cuello. Nadie los oye. Nadie los ve. Simplemente aparecen, como si la
hierba los hubiera tapado todo el tiempo. Después de esto viene una escena muy
potente visualmente, pero ya vas con la ceja levantada.
El nuevo reclamo y gran dinosaurio de la película es un dinosaurio mutante. Se
presenta como una criatura gigantesca a la par que grotesca —más parecido a un
enemigo final de la saga Resident Evil que a un dinosaurio— debido a mutaciones
derivadas de experimentos genéticos. Su diseño me parece poco acertado, aunque
esto es gusto personal.
Visualmente, eso sí, la película cumple con lo que se espera de una
superproducción actual. Los efectos visuales y los propios dinosaurios siguen
impresionando en pantalla, aunque ya no provoquen la misma sensación de cuando
éramos niños. El sonido acompaña bien y activa la nostalgia en algunos puntos
clave.
Pero esto no basta. Al salir del cine, uno no siente enfado ni entusiasmo: solo
una indiferencia plana. Es una película que existe, que se ve, que pasa, pero
que se olvida en cuanto te levantas de la butaca. Y eso, para una franquicia que
nos hizo soñar de pequeños con caminar entre gigantes prehistóricos, es quizás
el mayor fracaso posible.
Lo más irónico es que los propios personajes reconocen en un momento dado que
“la gente está perdiendo interés en los dinosaurios”. Y, sin quererlo, la
película se convierte en prueba de ello: si esta es su idea de revivir la saga,
probablemente no exista un renacimiento de ese interés por la saga.