Blue Sun Palace
Un drama íntimo, silencioso y profundamente humano que encuentra en la pausa, la observación y la ausencia de música una de sus mayores virtudes.
Un duelo que se observa desde dentro
Algo en su tráiler o en su arte promocional me llamó la atención desde el primer
momento en que supe de su existencia. Puede que fuera su apartado visual tan
minimalista, sencillo y cotidiano. Una historia que se respiraba emocional y
sincera, donde convivir con un montón de sentimientos. Tal vez fue simplemente
mi propia inquietud al tratarse de una propuesta asiática y tener así la
oportunidad de disfrutar de otra mirada proveniente de esas mentes y esas
tierras.
Si soy honesto, creo que fue una mezcla de todo lo anterior. Y por desgracia la
he ido dejando más tiempo aparcada de lo que me gusta reconocer. Pero hay algo
en esta película que no me suele pasar con otras: siempre la he tenido presente
desde aquel momento. Siempre hay contenido pendiente por ver, grandes estrenos
marcados en el calendario desde hace meses o años… pero rara vez me ocurre que,
cada vez que pienso en sentarme tranquilamente a disfrutar del cine, sea la
misma película la que me venga una y otra vez a la cabeza.
Todo estaba listo. Solo quedaba encontrar el momento y descubrir qué me ofrecía.
Y por si fueran pocas mis ganas, el cóctel de hype terminó de explotar cuando
leo que nada más y nada menos que Sean Baker, al que no puedo respetar más
después de su gran obra
Anora, una película que para mí fue un antes y un después, la catalogó de
magnífica. Su criterio podría diferir del mío, claro, pero no es el caso.
Nada más empezar conocemos a una pareja en mitad de una cita. Poco, o mejor
dicho nada, sabemos de ellos. Tan solo que hay química. En apenas unos minutos,
con actuaciones espléndidas y un plano prácticamente estático que se mueve de
forma muy lenta para dar contexto a la situación y cambiar suavemente el foco de
un personaje a otro, la película ya ha logrado que todo se sienta natural. Te ha
arrancado un par de sonrisas y puede que hasta alguna lágrima.
¿Y por qué me parece esto fundamental? Porque es sensacional. La situación no se
fuerza. Los sentimientos de amor y cariño, las risas y las lágrimas cambian en
pocos minutos y te cuentan tanto con tan poco… Y además, ya te está mostrando
cuál va a ser su propuesta técnica y artística durante el resto del metraje.
Ese romance y esa felicidad duran poco. Muy pronto la película entra en un
terreno donde el contraste es evidente y se adentra en una faceta más fría y
retrospectiva. Todo provocado por una tragedia que lo altera absolutamente todo.
Comentaba antes que en esos primeros minutos ya se marca el tono y el estilo
técnico que tendrá la película durante sus dos horas de duración. Y es que,
aunque destaca por muchas cosas, para mí hay dos especialmente evidentes.
Por un lado, el uso del plano fijo en escenas bastante largas. Esto consigue que
te sientas como un espectador real que observa en silencio desde dentro. En
algunos momentos casi como un testigo escondido tras la esquina de una pared,
escuchando y observando lo que sucede. Es brillante porque la colocación de la
cámara está medida al milímetro según lo que se quiere expresar en cada
situación: a veces más cerca, otras más lejos, incluso casi oculta tras una
cortina. El movimiento es mínimo y cuando existe, suele ser un suave y lento
paneo para trasladar el foco de un personaje a otro o incluso para generar
tensión sacando de plano ciertas acciones.
El otro punto técnico reseñable es su apartado musical. Y aquí también se
acierta de lleno con una propuesta alternativa a lo habitual. ¿Sabéis por qué?
Por la casi completa ausencia de música.
Me detengo aquí un momento. Parte de mi amor por el cine nació gracias a escenas
que disfruté de joven acompañadas de bandas sonoras espectaculares. Esa
combinación me abrió un mundo que hoy puedo decir que es mi gran hobby. La
música en el cine suele ser para mí un factor determinante a la hora de valorar
una película, porque es capaz de moverme miles de emociones por dentro.
Precisamente por eso me sorprende tanto lo que voy a decir: aquí la ausencia de
música es un acierto absoluto. Es muy inteligente no utilizarla para subrayar lo
que ocurre. Por un lado, te sumerge aún más en la historia y te hace partícipe
como observador real. Porque, ¿acaso en una situación así sonarían violines? La
música podría aportar más dramatismo, sí, pero su ausencia lo hace todo más
táctil, más real.
Además, de esta manera se acentúan otros elementos que también tienen voz en la
película: unas risas, un largo silencio acompañado de una respiración acelerada,
un llanto, un golpe, el ruido de la calle… Aquí todo eso respira. En una
película donde mandan los silencios y hasta las miradas hablan, esto es un
acierto total. Reír es reír más. Llorar es llorar más. Y el silencio tiene
matices. Incluso sonidos cotidianos pueden volverse sucios y molestos,
acompañando el estado emocional de los personajes: una simple gotera marcando el
mismo ritmo que el runrún constante que habita en la cabeza de nuestros
personajes.
La película habla de la soledad en la migración y del proceso de sanación tras
un trauma y un vacío. El guion es honesto y en ningún momento recurre a
situaciones inverosímiles. Se centra en narrar las conexiones e interacciones de
unos personajes rotos, solos y confundidos que no saben muy bien dónde
refugiarse.
Las conexiones humanas son complejas, y lo que se nos muestra es cómo cada uno,
con las herramientas que tiene y sus propios refugios, intenta seguir adelante.
Pero eso genera situaciones incómodas: tratar a toda costa de sentirse querido,
tapar heridas a través de otras personas, funcionar desde la necesidad y no
desde el afecto real.
Las actuaciones son escandalosas. En los primeros minutos ya puedes captar una
cantidad de información contextual increíble solo con miradas silenciosas y
sonrisas contenidas. A través de gestos tan humanos, la película ha conseguido
emocionarme y hacerme sonreír en más de una ocasión. Te metes tanto en ese rol
de observador que incluso aparece la impotencia: querer intervenir, cortar esos
silencios eternos y empujar a alguno de los protagonistas para que diga aquello
que ya se ve claramente en su mirada.
Son dos horas sin música, con escenas larguísimas y silencios predominantes. Eso
hace que no sea una película para todo el mundo. Puede resultar exigente para
cierto público. Pero a mí, personalmente, me ha atrapado por completo. Me ha
hecho sentir, reflexionar y, sobre todo, recordar por qué el cine también puede
ser esto: pausa, silencio y verdad.