Avatar: Fuego y Ceniza
La entrega más convincente de la saga hasta la fecha: visualmente descomunal, más gris en sus personajes y muy disfrutable de principio a fin.
Era el año 2009 y yo tan solo un crío de unos 12 años. Me levanté una mañana
cualquiera y usé el ordenador que había entonces en casa para ver YouTube:
probablemente algún vídeo de “misterios GTA San Andreas”, “Goku Super Saiyan 86”
o “mejores regates de Ronaldinho”. Y de pronto, casi por accidente, me encontré
con el tráiler de una película dirigida nada menos que por James Cameron.
Ese tráiler, para la época, era espectacular. Tenía todos los ingredientes para
convertirse en mi película favorita. Y, de hecho, hasta el día del estreno se
convirtió en la película que más había esperado nunca. Recuerdo ir corriendo a
enseñárselo a mi madre y pedirle una y otra vez que me llevase al cine en cuanto
se estrenara. Y así fue: allí estaba, el día del estreno, nervioso, esperando
algo que yo creía que iba a cambiarlo todo.
El resultado fue que, a pesar de encontrarme con algo visualmente sin
precedentes, me topé con una película bastante genérica, sobre todo en lo
referente a su guion.
En definitiva, fue la mayor decepción de mi vida en lo que a cine se refiere. Y,
por quitarle algo de culpa a la película, creo que mi enfado tuvo más que ver
con mi edad y con no tener aún las herramientas emocionales para gestionar
ciertas expectativas que con la cinta en sí. Al fin y al cabo, he visto muchas
películas muchísimo peores. Por mencionar otro caso que se me viene a la cabeza,
el episodio VIII de Star Wars. La diferencia es que aquella sí me parece
directamente una mala película y, además, ya me pilló más mayor y más trabajado
a nivel emocional, por lo que el impacto fue menor.
Muchos años pasaron hasta que se anunció y se estrenó una secuela que,
sinceramente, ni siquiera pensábamos que iba a existir. Y ahí estábamos otra
vez: más viejos, con algo más de cultura cinematográfica, pero con las mismas
ganas y la misma ilusión que aquel niño. Para esa segunda entrega esperaba ver
algo menos genérico y, sobre todo, dejarme llevar por otra película apabullante
en lo visual. Sin embargo, me decepcionó comprobar cómo Cameron decidió tirar
exactamente por el mismo camino, repitiendo prácticamente la misma historia,
aunque ampliando el mundo con nuevos clanes, más mitología y aún más músculo
técnico. En definitiva: más y mejor, sí, pero también más de lo mismo.
Mi acercamiento a esta tercera entrega, Avatar: Fuego y Cenizas, ha sido ya
desde la resignación. Resignación a volver a ver al coronel y a su ejército de
humanos colonizadores enfrentándose a los na’vi; a seguir atrapados en el bucle
de la saga y, simplemente, disfrutar de planos bellísimos y unos efectos que
siguen estando a años luz del resto de propuestas de la industria.
Y, curiosamente, ir sin expectativas ha hecho que salga de la sala más animado
de lo que esperaba. Porque sí, el conflicto general es el mismo de siempre, pero
esta película propone ideas nuevas dentro del universo, hace avanzar a los
personajes y consigue mantenerte enganchado durante más de tres horas sin que el
ritmo se resienta en ningún momento, algo que no es nada fácil.
La película comienza casi inmediatamente después de lo ocurrido en la anterior.
Se explora el duelo por las numerosas pérdidas derivadas de la guerra y, en
especial, la pérdida de uno de los miembros de la familia Sully. Es aquí donde
empieza a notarse un enfoque más oscuro. Hasta ahora vivíamos en blancos y
negros; en esta entrega se introducen escalas de grises. Sin cambiar los bandos
ni girar completamente las tornas, dejamos de ver a los na’vi como seres
perfectos, espirituales y en total armonía, y también se matiza la figura del
antagonista.
Aquí los malos siguen siendo malos y los buenos siguen siendo buenos, pero todos
tienen matices, como cualquier persona. Esto se refleja en temas como el
racismo, el odio, la culpa o el aislamiento, derivados de vivir sometidos y
constantemente contra las cuerdas. Los protagonistas ya no son héroes
idealizados: las circunstancias les obligan a tomar decisiones extremas, incluso
moralmente cuestionables, en nombre de lo que ellos creen que es el bien común
para la supervivencia de su familia y de su pueblo.
Un ejemplo claro de este enfoque está en el desarrollo del coronel y su relación
con su hijo, un punto que, aun siendo interesante, también puede resultar uno de
los más criticables de la película. Da la sensación de que se va a explorar en
profundidad, pero finalmente queda algo superficial.
Otro aspecto interesante es el tema racial, donde quedan claras las diferencias
sociales, religiosas y culturales entre humanos y na’vi, e incluso dentro del
propio núcleo familiar, donde empiezan a surgir asperezas que hasta ahora no se
habían mostrado.
El componente religioso cobra aquí un peso clave. Hasta el momento, habíamos
visto a los na’vi girar en torno a una misma fe, venerando a la Gran Madre y
viviendo en plena comunión con la naturaleza. En esta película se profundiza más
en este aspecto, sobre todo a través del personaje de Kiri, la hija adoptiva de
Jake y Neytiri, que carga sobre sus hombros gran parte del peso mitológico de la
historia.
Esta espiritualidad entra en contraste directo con el nuevo gran personaje
introducido en la saga: la líder del Clan del Fuego y las Cenizas. Un personaje
completamente necesario, que se come la pantalla desde su primera aparición y
resulta tremendamente cautivador. Sus motivaciones religiosas se explican en una
de las secuencias más potentes, oscuras y memorables de toda la saga, tanto a
nivel visual como sonoro e interpretativo. Se trata de una figura que rompe de
forma radical con la devoción a la Gran Madre y establece su propia doctrina.
La elección de la actriz y su interpretación son perfectas. El fuego, como
símbolo espiritual, representa destrucción, caos y expansión imparable, pero
también algo hipnótico, estimulante y, en cierto modo, atractivo. Todo eso queda
reflejado en el personaje. Quizá lo único que se le puede reprochar a Cameron
aquí es la falta de valentía a la hora de darle más tiempo en pantalla,
insistiendo en otros personajes menos interesantes, cuando este parecía
claramente el camino a seguir para esta nueva entrega.
Hay aspectos que me hacen pensar que Fuego y Cenizas estaba concebida
originalmente como una misma película junto a la segunda, dividida en dos
partes. La cinta intenta cerrar cosas que quedaron abiertas en la anterior, pero
al hacerlo abre demasiadas ramas que no siempre terminan de cerrarse. El
montaje, en algunos momentos, resulta algo irregular, saltando constantemente
entre tramas y personajes secundarios.
Aun así, la película consigue cerrar de manera razonablemente satisfactoria la
mayoría de líneas, dejando la sensación de que podría funcionar como cierre de
una trilogía. No obstante, el mundo de Pandora merece, quizá, más detalle y más
profundidad. Algo interesante es que, a diferencia de entregas anteriores, no se
profundiza tanto en las costumbres del nuevo Clan del Fuego, algo que funciona a
favor de su carácter misterioso y siniestro.
Otro indicio de esta concepción en dos partes es que gran parte de las batallas
finales transcurren en escenarios muy similares a los de la película anterior,
dando cierta sensación de repetición, aunque todo esté llevado a una escala
mayor.
Uno de los puntos que más se resienten al abrir tantas tramas es el mensaje
ecologista. El tema de la protección de la biodiversidad queda bastante más
opacado, reducido casi exclusivamente a la destrucción provocada por los humanos
en su afán colonizador y económico.
En el apartado técnico, poco se le puede reprochar a la película. Cameron sigue
demostrando por qué es uno de los grandes pioneros del cine moderno. Eso sí,
aunque probablemente sea la entrega más ambiciosa de la saga en términos de
producción, ya no sorprende tanto como las anteriores. El salto de la primera
fue histórico; la segunda logró volver a impresionar tras muchos años de espera.
Aquí, al estar tan cerca en el tiempo, el impacto es menor, aunque siga siendo
descomunal.
Para los fans de la saga, esta película seguramente deje imágenes que, parando
prácticamente en cualquier frame, podrían funcionar como un precioso
salvapantallas de ordenador.
La película trae de vuelta al coronel Miles Quaritch, antagonista principal
tanto de la primera como de la segunda entrega. En esta ocasión no actúa solo,
sino que lo hace acompañado, intentando llevar a cabo su venganza definitiva
contra Jake Sully de la mano de la nueva antagonista carismática de la saga: la
Reina del Fuego, líder del Clan del Fuego y las Cenizas. Ambos establecen una
alianza que resulta especialmente interesante.
Quaritch le proporciona acceso a armas de fuego y explosivos. En cierta manera,
le está entregando literalmente el poder del fuego. De esta forma se crea una
coalición entre ambos que, en mi opinión, funciona sorprendentemente bien.
Aunque no esté del todo de acuerdo con volver a colocar al coronel como
antagonista principal, lo cierto es que ambos funcionan perfectamente como
pareja antagonista.
El problema llega en un punto concreto del metraje, cuando Quaritch y Sully se
ven obligados a cooperar para salvar sus propias vidas y, sobre todo, para
proteger al hijo que tienen en común: Spider, el hijo adoptivo de Sully y, al
mismo tiempo, hijo biológico del coronel, interpretado por Jack Champion.
En ese momento, la película parece insinuar un posible cambio de tornas en la
actitud del coronel. Da la sensación de que podría producirse un cambio de
bando, o al menos un replanteamiento profundo de sus motivaciones: abandonar
definitivamente su sed de venganza y su obsesión colonizadora, abrir los ojos
ante el nuevo mundo que se le presenta y empezar de cero. Sin embargo, esta idea
se queda en un amago y no termina de desarrollarse del todo.
Al final, uniendo fuerzas los distintos clanes y con la ayuda, sobre todo, de
Kiri a través de su profunda conexión con la Gran Madre, logran vencer por
tercera vez consecutiva al coronel. Este queda derrotado de nuevo, mostrando lo
que parece ser su muerte.
La película no termina de mojarse. No se muestra directamente el cadáver del
coronel; simplemente se le ve lanzándose al vacío, en un acto que puede
interpretarse como un suicidio, prefiriendo tirarse antes que aceptar la derrota
definitiva o ser ejecutado por sus enemigos. Esto pone fin, al menos por ahora,
a cualquier posible arco de redención del personaje, pero deja la puerta
completamente abierta a una cuarta reaparición en la siguiente entrega.
Esto, personalmente, me parece un error. La introducción de la Reina del Fuego
demuestra que apostar por nuevos antagonistas —especialmente dentro de la propia
especie na’vi— enriquece muchísimo el universo, haciéndolo más complejo y más
gris. Mantener abierta la posibilidad de que el coronel vuelva una vez más deja
la sensación de que, en una cuarta entrega, podríamos estar hablando de lo mismo
otra vez, perpetuando un ciclo del que la saga debería empezar a salir.
Por otro lado, otro de los grandes pesos dramáticos de la película recae sobre
Kiri y su conexión directa con la Gran Madre a través del Árbol Madre. En esta
entrega se empieza a explicar y a desarrollar ese vínculo, aunque, en mi
opinión, no termina de profundizarse del todo y deja más dudas que certezas.
Este arco va muy ligado al personaje de Spider, un personaje al que,
personalmente, se le da más importancia y más fuerza de la que a mí me hubiera
gustado.
Spider ya fue un personaje que no terminó de convencerme en la segunda entrega,
principalmente porque no dejaba de ser el hijo del coronel, algo que servía para
seguir anclando la saga a esa misma figura antagonista cuando, precisamente, yo
le pedía a la franquicia que se desmarcase de esa historia. En esta película su
peso es aún mayor, ya que uno de los detonantes principales del conflicto tiene
que ver directamente con él.
Las baterías que utiliza para su respirador comienzan a agotarse y a fallar, lo
que obliga al grupo a buscar una solución urgente: o encontrar más suministros o
llevarlo a zonas controladas donde pueda sobrevivir sin riesgos. Es aquí donde
entra en juego Kiri y, a través de un procedimiento místico que la película no
termina de explicar del todo, consigue que Spider pueda respirar en Pandora sin
necesidad de la máscara.
Este momento es clave, porque abre una puerta peligrosísima: los humanos podrían
hacerse con él, descubrir cómo se ha producido esa adaptación orgánica y
replicarla en sus propios cuerpos. Esto supondría eliminar uno de los mayores
obstáculos para la colonización permanente de Pandora, sin necesidad de
transferir la conciencia a cuerpos na’vi.
Aquí es donde aparece el gran problema para mí: Spider cobra una importancia
excesiva. Y esto ya entra claramente dentro de mis gustos personales, pero es un
personaje que nunca me ha terminado de convencer. A nivel interpretativo tampoco
me resulta especialmente destacable y, en esta película, lo único que realmente
le agradezco es el conflicto moral que genera dentro de la familia Sully.
Porque Spider deja de ser solo un problema familiar y se convierte en una
amenaza potencial para la supervivencia de todo el planeta. Los humanos lo
quieren para experimentar con él y replicar su capacidad de respirar en Pandora.
Este conflicto se establece desde el principio, cuando Neytiri muestra un odio
claro hacia él por el simple hecho de ser humano. No lo considera parte de la
familia y llega a plantear que lo mejor sería deshacerse de él.
En un primer momento, esta idea le parece descabellada a Sully. Al fin y al
cabo, Spider es, en cierto modo, parte de la familia, un hijo adoptivo. Sin
embargo, conforme la situación se va deteriorando y Sully se ve cada vez más
acorralado, empieza a comprender que el dilema que se le presenta es brutal:
sacrificar a un individuo por el bien común para evitar más muertes, más dolor y
más guerra.
La película se atreve a llevar este conflicto al límite, llegando a una escena
especialmente potente en la que Sully se lleva a Spider al bosque con la
intención de sacrificarlo. En el último momento no es capaz de hacerlo, y poco
después Neytiri también comprende que ese no es el camino. En una escena cargada
de tensión emocional, entiende que la familia está por encima de la raza, del
origen y del miedo.
Finalmente, Spider sobrevive y es aceptado como parte de la familia, culminando
en ese momento clave en el que Neytiri le dice, por fin, el “te veo”, cerrando
simbólicamente el rechazo que había mantenido hasta ahora.
Otro problema es que, paralelamente, la película también juega con la relación
entre Spider y su padre. Hay momentos en los que parece claro que el coronel
siente algo por él y quiere protegerlo, pero en otros da la sensación de que le
resulta casi indiferente. Esa ambigüedad, lejos de enriquecer el personaje,
termina de descolocarme y hace que su arco no encaje del todo.
En definitiva, Avatar: Fuego y Cenizas es una película muy disfrutable de principio a fin y, para mí, la entrega más convincente de las tres hasta la fecha. Ahora solo queda esperar a la siguiente película para comprobar si la saga se atreve por fin a romper con la dinámica que arrastra desde su inicio y a contar algo realmente distinto, algo que muchos aficionados al cine llevamos esperando desde hace años. Las herramientas están ahí y están en manos del director adecuado; solo falta encontrar una historia verdaderamente potente que acompañe a este fantástico mundo. Es una película que recomiendo sin duda, que ojalá triunfe en taquilla y que, pese a sus problemas, se disfruta enormemente en pantalla grande.