Película / Reseña

Avatar: Fuego y Ceniza

2025 Aventura, Acción James Cameron

La entrega más convincente de la saga hasta la fecha: visualmente descomunal, más gris en sus personajes y muy disfrutable de principio a fin.

Título Avatar: Fuego y Ceniza
Tipo Película
Año 2025
Dirección James Cameron
Género Aventura, Acción

Era el año 2009 y yo tan solo un crío de unos 12 años. Me levanté una mañana cualquiera y usé el ordenador que había entonces en casa para ver YouTube: probablemente algún vídeo de “misterios GTA San Andreas”, “Goku Super Saiyan 86” o “mejores regates de Ronaldinho”. Y de pronto, casi por accidente, me encontré con el tráiler de una película dirigida nada menos que por James Cameron.

Ese tráiler, para la época, era espectacular. Tenía todos los ingredientes para convertirse en mi película favorita. Y, de hecho, hasta el día del estreno se convirtió en la película que más había esperado nunca. Recuerdo ir corriendo a enseñárselo a mi madre y pedirle una y otra vez que me llevase al cine en cuanto se estrenara. Y así fue: allí estaba, el día del estreno, nervioso, esperando algo que yo creía que iba a cambiarlo todo.

El resultado fue que, a pesar de encontrarme con algo visualmente sin precedentes, me topé con una película bastante genérica, sobre todo en lo referente a su guion.

En definitiva, fue la mayor decepción de mi vida en lo que a cine se refiere. Y, por quitarle algo de culpa a la película, creo que mi enfado tuvo más que ver con mi edad y con no tener aún las herramientas emocionales para gestionar ciertas expectativas que con la cinta en sí. Al fin y al cabo, he visto muchas películas muchísimo peores. Por mencionar otro caso que se me viene a la cabeza, el episodio VIII de Star Wars. La diferencia es que aquella sí me parece directamente una mala película y, además, ya me pilló más mayor y más trabajado a nivel emocional, por lo que el impacto fue menor.

Muchos años pasaron hasta que se anunció y se estrenó una secuela que, sinceramente, ni siquiera pensábamos que iba a existir. Y ahí estábamos otra vez: más viejos, con algo más de cultura cinematográfica, pero con las mismas ganas y la misma ilusión que aquel niño. Para esa segunda entrega esperaba ver algo menos genérico y, sobre todo, dejarme llevar por otra película apabullante en lo visual. Sin embargo, me decepcionó comprobar cómo Cameron decidió tirar exactamente por el mismo camino, repitiendo prácticamente la misma historia, aunque ampliando el mundo con nuevos clanes, más mitología y aún más músculo técnico. En definitiva: más y mejor, sí, pero también más de lo mismo.

Mi acercamiento a esta tercera entrega, Avatar: Fuego y Cenizas, ha sido ya desde la resignación. Resignación a volver a ver al coronel y a su ejército de humanos colonizadores enfrentándose a los na’vi; a seguir atrapados en el bucle de la saga y, simplemente, disfrutar de planos bellísimos y unos efectos que siguen estando a años luz del resto de propuestas de la industria.

Y, curiosamente, ir sin expectativas ha hecho que salga de la sala más animado de lo que esperaba. Porque sí, el conflicto general es el mismo de siempre, pero esta película propone ideas nuevas dentro del universo, hace avanzar a los personajes y consigue mantenerte enganchado durante más de tres horas sin que el ritmo se resienta en ningún momento, algo que no es nada fácil.

La película comienza casi inmediatamente después de lo ocurrido en la anterior. Se explora el duelo por las numerosas pérdidas derivadas de la guerra y, en especial, la pérdida de uno de los miembros de la familia Sully. Es aquí donde empieza a notarse un enfoque más oscuro. Hasta ahora vivíamos en blancos y negros; en esta entrega se introducen escalas de grises. Sin cambiar los bandos ni girar completamente las tornas, dejamos de ver a los na’vi como seres perfectos, espirituales y en total armonía, y también se matiza la figura del antagonista.

Aquí los malos siguen siendo malos y los buenos siguen siendo buenos, pero todos tienen matices, como cualquier persona. Esto se refleja en temas como el racismo, el odio, la culpa o el aislamiento, derivados de vivir sometidos y constantemente contra las cuerdas. Los protagonistas ya no son héroes idealizados: las circunstancias les obligan a tomar decisiones extremas, incluso moralmente cuestionables, en nombre de lo que ellos creen que es el bien común para la supervivencia de su familia y de su pueblo.

Un ejemplo claro de este enfoque está en el desarrollo del coronel y su relación con su hijo, un punto que, aun siendo interesante, también puede resultar uno de los más criticables de la película. Da la sensación de que se va a explorar en profundidad, pero finalmente queda algo superficial.

Otro aspecto interesante es el tema racial, donde quedan claras las diferencias sociales, religiosas y culturales entre humanos y na’vi, e incluso dentro del propio núcleo familiar, donde empiezan a surgir asperezas que hasta ahora no se habían mostrado.

El componente religioso cobra aquí un peso clave. Hasta el momento, habíamos visto a los na’vi girar en torno a una misma fe, venerando a la Gran Madre y viviendo en plena comunión con la naturaleza. En esta película se profundiza más en este aspecto, sobre todo a través del personaje de Kiri, la hija adoptiva de Jake y Neytiri, que carga sobre sus hombros gran parte del peso mitológico de la historia.

Esta espiritualidad entra en contraste directo con el nuevo gran personaje introducido en la saga: la líder del Clan del Fuego y las Cenizas. Un personaje completamente necesario, que se come la pantalla desde su primera aparición y resulta tremendamente cautivador. Sus motivaciones religiosas se explican en una de las secuencias más potentes, oscuras y memorables de toda la saga, tanto a nivel visual como sonoro e interpretativo. Se trata de una figura que rompe de forma radical con la devoción a la Gran Madre y establece su propia doctrina.

La elección de la actriz y su interpretación son perfectas. El fuego, como símbolo espiritual, representa destrucción, caos y expansión imparable, pero también algo hipnótico, estimulante y, en cierto modo, atractivo. Todo eso queda reflejado en el personaje. Quizá lo único que se le puede reprochar a Cameron aquí es la falta de valentía a la hora de darle más tiempo en pantalla, insistiendo en otros personajes menos interesantes, cuando este parecía claramente el camino a seguir para esta nueva entrega.

Imagen intermedia de Avatar: Fuego y Ceniza

Hay aspectos que me hacen pensar que Fuego y Cenizas estaba concebida originalmente como una misma película junto a la segunda, dividida en dos partes. La cinta intenta cerrar cosas que quedaron abiertas en la anterior, pero al hacerlo abre demasiadas ramas que no siempre terminan de cerrarse. El montaje, en algunos momentos, resulta algo irregular, saltando constantemente entre tramas y personajes secundarios.

Aun así, la película consigue cerrar de manera razonablemente satisfactoria la mayoría de líneas, dejando la sensación de que podría funcionar como cierre de una trilogía. No obstante, el mundo de Pandora merece, quizá, más detalle y más profundidad. Algo interesante es que, a diferencia de entregas anteriores, no se profundiza tanto en las costumbres del nuevo Clan del Fuego, algo que funciona a favor de su carácter misterioso y siniestro.

Otro indicio de esta concepción en dos partes es que gran parte de las batallas finales transcurren en escenarios muy similares a los de la película anterior, dando cierta sensación de repetición, aunque todo esté llevado a una escala mayor.

Uno de los puntos que más se resienten al abrir tantas tramas es el mensaje ecologista. El tema de la protección de la biodiversidad queda bastante más opacado, reducido casi exclusivamente a la destrucción provocada por los humanos en su afán colonizador y económico.

En el apartado técnico, poco se le puede reprochar a la película. Cameron sigue demostrando por qué es uno de los grandes pioneros del cine moderno. Eso sí, aunque probablemente sea la entrega más ambiciosa de la saga en términos de producción, ya no sorprende tanto como las anteriores. El salto de la primera fue histórico; la segunda logró volver a impresionar tras muchos años de espera. Aquí, al estar tan cerca en el tiempo, el impacto es menor, aunque siga siendo descomunal.

Para los fans de la saga, esta película seguramente deje imágenes que, parando prácticamente en cualquier frame, podrían funcionar como un precioso salvapantallas de ordenador.

Imagen intermedia de Avatar: Fuego y Ceniza

La película trae de vuelta al coronel Miles Quaritch, antagonista principal tanto de la primera como de la segunda entrega. En esta ocasión no actúa solo, sino que lo hace acompañado, intentando llevar a cabo su venganza definitiva contra Jake Sully de la mano de la nueva antagonista carismática de la saga: la Reina del Fuego, líder del Clan del Fuego y las Cenizas. Ambos establecen una alianza que resulta especialmente interesante.

Quaritch le proporciona acceso a armas de fuego y explosivos. En cierta manera, le está entregando literalmente el poder del fuego. De esta forma se crea una coalición entre ambos que, en mi opinión, funciona sorprendentemente bien. Aunque no esté del todo de acuerdo con volver a colocar al coronel como antagonista principal, lo cierto es que ambos funcionan perfectamente como pareja antagonista.

El problema llega en un punto concreto del metraje, cuando Quaritch y Sully se ven obligados a cooperar para salvar sus propias vidas y, sobre todo, para proteger al hijo que tienen en común: Spider, el hijo adoptivo de Sully y, al mismo tiempo, hijo biológico del coronel, interpretado por Jack Champion.

En ese momento, la película parece insinuar un posible cambio de tornas en la actitud del coronel. Da la sensación de que podría producirse un cambio de bando, o al menos un replanteamiento profundo de sus motivaciones: abandonar definitivamente su sed de venganza y su obsesión colonizadora, abrir los ojos ante el nuevo mundo que se le presenta y empezar de cero. Sin embargo, esta idea se queda en un amago y no termina de desarrollarse del todo.

Al final, uniendo fuerzas los distintos clanes y con la ayuda, sobre todo, de Kiri a través de su profunda conexión con la Gran Madre, logran vencer por tercera vez consecutiva al coronel. Este queda derrotado de nuevo, mostrando lo que parece ser su muerte.

La película no termina de mojarse. No se muestra directamente el cadáver del coronel; simplemente se le ve lanzándose al vacío, en un acto que puede interpretarse como un suicidio, prefiriendo tirarse antes que aceptar la derrota definitiva o ser ejecutado por sus enemigos. Esto pone fin, al menos por ahora, a cualquier posible arco de redención del personaje, pero deja la puerta completamente abierta a una cuarta reaparición en la siguiente entrega.

Esto, personalmente, me parece un error. La introducción de la Reina del Fuego demuestra que apostar por nuevos antagonistas —especialmente dentro de la propia especie na’vi— enriquece muchísimo el universo, haciéndolo más complejo y más gris. Mantener abierta la posibilidad de que el coronel vuelva una vez más deja la sensación de que, en una cuarta entrega, podríamos estar hablando de lo mismo otra vez, perpetuando un ciclo del que la saga debería empezar a salir.

Por otro lado, otro de los grandes pesos dramáticos de la película recae sobre Kiri y su conexión directa con la Gran Madre a través del Árbol Madre. En esta entrega se empieza a explicar y a desarrollar ese vínculo, aunque, en mi opinión, no termina de profundizarse del todo y deja más dudas que certezas. Este arco va muy ligado al personaje de Spider, un personaje al que, personalmente, se le da más importancia y más fuerza de la que a mí me hubiera gustado.

Spider ya fue un personaje que no terminó de convencerme en la segunda entrega, principalmente porque no dejaba de ser el hijo del coronel, algo que servía para seguir anclando la saga a esa misma figura antagonista cuando, precisamente, yo le pedía a la franquicia que se desmarcase de esa historia. En esta película su peso es aún mayor, ya que uno de los detonantes principales del conflicto tiene que ver directamente con él.

Las baterías que utiliza para su respirador comienzan a agotarse y a fallar, lo que obliga al grupo a buscar una solución urgente: o encontrar más suministros o llevarlo a zonas controladas donde pueda sobrevivir sin riesgos. Es aquí donde entra en juego Kiri y, a través de un procedimiento místico que la película no termina de explicar del todo, consigue que Spider pueda respirar en Pandora sin necesidad de la máscara.

Este momento es clave, porque abre una puerta peligrosísima: los humanos podrían hacerse con él, descubrir cómo se ha producido esa adaptación orgánica y replicarla en sus propios cuerpos. Esto supondría eliminar uno de los mayores obstáculos para la colonización permanente de Pandora, sin necesidad de transferir la conciencia a cuerpos na’vi.

Aquí es donde aparece el gran problema para mí: Spider cobra una importancia excesiva. Y esto ya entra claramente dentro de mis gustos personales, pero es un personaje que nunca me ha terminado de convencer. A nivel interpretativo tampoco me resulta especialmente destacable y, en esta película, lo único que realmente le agradezco es el conflicto moral que genera dentro de la familia Sully.

Porque Spider deja de ser solo un problema familiar y se convierte en una amenaza potencial para la supervivencia de todo el planeta. Los humanos lo quieren para experimentar con él y replicar su capacidad de respirar en Pandora. Este conflicto se establece desde el principio, cuando Neytiri muestra un odio claro hacia él por el simple hecho de ser humano. No lo considera parte de la familia y llega a plantear que lo mejor sería deshacerse de él.

En un primer momento, esta idea le parece descabellada a Sully. Al fin y al cabo, Spider es, en cierto modo, parte de la familia, un hijo adoptivo. Sin embargo, conforme la situación se va deteriorando y Sully se ve cada vez más acorralado, empieza a comprender que el dilema que se le presenta es brutal: sacrificar a un individuo por el bien común para evitar más muertes, más dolor y más guerra.

La película se atreve a llevar este conflicto al límite, llegando a una escena especialmente potente en la que Sully se lleva a Spider al bosque con la intención de sacrificarlo. En el último momento no es capaz de hacerlo, y poco después Neytiri también comprende que ese no es el camino. En una escena cargada de tensión emocional, entiende que la familia está por encima de la raza, del origen y del miedo.

Finalmente, Spider sobrevive y es aceptado como parte de la familia, culminando en ese momento clave en el que Neytiri le dice, por fin, el “te veo”, cerrando simbólicamente el rechazo que había mantenido hasta ahora.

Otro problema es que, paralelamente, la película también juega con la relación entre Spider y su padre. Hay momentos en los que parece claro que el coronel siente algo por él y quiere protegerlo, pero en otros da la sensación de que le resulta casi indiferente. Esa ambigüedad, lejos de enriquecer el personaje, termina de descolocarme y hace que su arco no encaje del todo.

En definitiva, Avatar: Fuego y Cenizas es una película muy disfrutable de principio a fin y, para mí, la entrega más convincente de las tres hasta la fecha. Ahora solo queda esperar a la siguiente película para comprobar si la saga se atreve por fin a romper con la dinámica que arrastra desde su inicio y a contar algo realmente distinto, algo que muchos aficionados al cine llevamos esperando desde hace años. Las herramientas están ahí y están en manos del director adecuado; solo falta encontrar una historia verdaderamente potente que acompañe a este fantástico mundo. Es una película que recomiendo sin duda, que ojalá triunfe en taquilla y que, pese a sus problemas, se disfruta enormemente en pantalla grande.

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